lunes, 28 de julio de 2008

Los monopolios inmorales.

por Alberto Medina Mendez

El presente de Aerolíneas Argentinas puso nuevamente en la escena uno de esos temas que vuelven recurrentemente al ruedo. En estas latitudes, durante décadas, hemos sido empujados a discutir acerca de la falsa dicotomía entre empresas estatales y privadas.

Los fundamentalistas de siempre, nos han invitado, con excesiva facilidad, a ingresar a este debate estéril, que nos plantea un dilema inexistente, forzándonos a discutir acerca de la soberanía que representan unas y la supuesta eficiencia que ofrecen las otras.

Nada nos aleja más de la realidad que caer en las redes de ese discurso, que además de perimido, esconde las más profundas motivaciones que movilizan a quienes toman esas decisiones desde su posición de gobernantes.

El populismo demagógico, estatiza graciosamente, condenando a los ciudadanos que jamás utilizarán los servicios de esa empresa, ni accederán a los beneficios de sus eventuales ganancias, a pagar la fiesta en la que deciden dirigentes sindicales y circunstanciales funcionarios públicos.

Estas historias ya las conocemos demasiado. Un grupo de mercantilistas, disfrazados de empresarios, concesiones monopólicas mediante, se apropian de clientes cautivos que no pueden siquiera elegir. Luego, una combinación de ineficiencias propias y perversos marcos regulatorios, hacen lo suyo.

El Estado entonces aparece así, casi heroicamente, como el salvador de la patria, defendiendo sus intereses superiores. Este hipócrita nacionalismo nos coloca en la irresponsable actitud de pretender administrar lo público como privado, olvidando así las más básicas reglas que rigen la actividad empresaria, el lucro y el riesgo.

En el caso de las empresas aeronáuticas, se agrava más la cuestión por tratarse de un servicio para los que más tienen. Asistimos entonces, a otro capítulo más, de esa crónica y perversa transferencia de recursos desde los sectores más débiles, hacia los que más tienen. El subsidio, en su más retorcida expresión, se hace presente.

Del otro lado, la participación privada en empresas que fueron públicas, subyace detrás de muy poco transparentes pliegos licitatorios que se acuerdan en escritorios de funcionarios. Para completar el escenario, son las embajadas las que dan el cierre al trato, cual negocio transnacional, dándole entidad a los intereses de los Estados, escondiendo así, meros acuerdos comerciales, enmarcados en alianzas políticas de gobiernos afines.

Se nos empuja, una y otra vez, a elegir entre el monopolio estatal y el monopolio privado. Así también nos impusieron esta fantasía en otra década, diciéndonos que lo privatizado funcionaría y lo estatal siempre seria perdidoso.

En realidad, nunca debió importar demasiado esta cuestión. Solo fueron argumentos utilizados para, bajo la mascara de ideologizar el debate, hacernos discutir sobre la eficiencia de uno y otro régimen. En el estatal perderíamos dinero y los servicios serian realmente pésimos. En la gestión privada, desaparecerían las perdidas, estas empresas generarían tributos al fisco por sus ingresos y todo funcionaría casi a la perfección.

Algo parecido a todo esto sucedió. Las empresas estatales perdieron dinero y fueron pésimamente administradas durante años. Nos dejaron como herencia, solo malos servicios, una corrupción monumental, tecnología anticuada y deudas por doquier, que debimos pagar todos al momento de privatizar las empresas y estatizar sus pasivos.

Las empresas privadas vinieron a ocupar ese espacio. Lograron revertir parcialmente la situación. Llego la modernidad, las inversiones y mejores servicios.

Ese resultado y el falso discurso que subyace, ganaron esa primera batalla. Nos manipularon para que finalmente discutiéramos en término de eficiencia. Y así lo hicimos, pero nos olvidamos del problema de fondo.

Esta nunca fue una cuestión de eficiencia, ni siquiera de pérdidas o ganancias. Omitieron decirnos, seguro que intencionalmente, que lo que nunca estuvo en sus planes fue hablar de desregulación, de competencia. Siempre privilegiaron conceder un monopolio y nos entramparon con el debate de lo estatal o privado.

Es que se enrolaron, por ignorancia o perversidad, en las filas de quienes sostienen que muchos servicios públicos deben ser monopólicos para ser viables. Afirmación tan temeraria como inexacta, sostenida sobre la base de casi ninguna comprobación real.

El "negocio" de la privatización de los servicios públicos ha sido, justamente, entregar una concesión monopólica. Ofrecer un mercado desregulado, competitivo, donde habría que abrirse paso como en buena parte del universo de actividades económicas, no hubiera permitido vender "las joyas de la abuela". Su precio casi no hubiera existido. Pero cuando hicieron esto también nos entregaron a los ciudadanos como rehenes y nos condenaron a una condición inaceptable.

Los reyes de la redistribución en este país, con esta decisión solo han logrado redistribuirnos a los ciudadanos argentinos una deuda que NO supimos conseguir. Nos la endosaron a cambio de la romántica idea de tener una línea de bandera, como si ello nos hiciera más patriotas.

Cuando la vuelvan a privatizar, condiciones monopólicas mediante, volverán a entregarla sin deuda. Quedará así en nuestra suma de pasivos. Esos sobre los cuales después debemos poner excesiva presión fiscal, cuando no inflacionaria, para terminar pagándola de todos modos.

Como siempre el proceso es desprolijo, discrecional y arbitrario. Y para no perder el hábito, la oposición nuevamente cuestiona solo el procedimiento, las formas, pero no el fondo. Comparte la infantil ideología de tener una empresa aeronáutica propia. El cuestionamiento de fondo, otra vez estuvo ausente.

Es que estas ideologías sostienen que este tipo de empresas no puede quebrar. Que bajo el manto de la protección estatal es preferible que los empobrecidos ciudadanos argentinos salgan a rescatar a los desprotegidos empleados de la empresa estatal en pos de defender los intereses sindicales y patrióticos.

Cabe preguntarse cuantas empresas gozan del privilegio de ser rescatadas del barranco en pleno proceso de caída, para evitar cesantías, y una quiebra segura. Evidentemente esta no es la equidad y justicia de la que tanto habla nuestra clase dirigente.

No es cierto que el gobierno este obligado a estatizar Aerolíneas. Esa afirmación oculta la falta de valor para tomar las decisiones correctas. Es que las otras opciones no seducen a las mentes de nuestros gobernantes. Sí los entusiasma la idea de controlar la línea aérea, manejarla con criterio político, sin dar demasiadas explicaciones, para que se convierta en otra herramienta para someter a propios y extraños.

Es por eso que no se han puesto siquiera un plazo para abandonar la aventura empresaria de un Estado que debe abocarse a aquello para lo que fue concebido, y que tan mal hace cotidianamente. Las múltiples responsabilidades que la sociedad le ha delegado al Estado, hacen que muchos acepten con naturalidad esta descabellada idea.

Que el Estado haya vuelto a ese rol de propietario de emprendimientos comerciales es patético, pero además, es básicamente inmoral, porque su naturaleza y el motivo de su existencia es resolver aquello que los individuos no podemos solucionar por nuestros propios medios. No es su rol. No le corresponde. Es solo una intromisión ausente de criterio y tremendamente regresiva, lo que profundiza su perversidad.

Nos han vuelto a invitar al debate inadecuado. Empresa estatal o privada, pero por sobre todas las cosas, monopólica. La desregulación, la posibilidad de que cualquier empresa pueda ingresar al mercado sin restricciones especiales, no está en la agenda. La competencia es mala palabra para la ideología imperante, tanto de oficialistas como de opositores. Este monopolio ficticio que han creado con dudosas intenciones, nos sigue obligando a discutir sobre falsas opciones. Aerolíneas se suma así a la lista de los monopolios inmorales.

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