lunes, 31 de agosto de 2009

Más sobre el calentamiento global.


Gerardo Caprav subió esta nota a Facebook, creo que no hay que dejar de leerla.


¿Se está calentando el planeta?

Por Fernando Díaz Villanueva

El latiguillo de moda de unos años a esta parte entre gentes de progreso y políticos de retroceso es el del calentamiento global. Todos los desajustes meteorológicos, desde las inundaciones a las olas de frío pasando por las sequías, los tifones y los vendavales, se explican por el mismo patrón. El planeta se está calentando, y, como consecuencia de ello, las cosechas se perderán, los bosques se secarán y la humanidad perecerá achicharrada bajo un sol de justicia. ¿Tal es el desesperanzador futuro que le espera a nuestro mundo?, ¿es cierta la profecía del calentamiento global?

Lo cierto es que no lo sabemos. Ni los científicos, ni los políticos, ni nadie en absoluto. No hay evidencias que apunten a que el planeta se caliente, al menos en el largo plazo. Hace menos de treinta años, tan pocos que muchos de los lectores aún lo recordarán, la misma comunidad científica que hoy se apuesta el dedo meñique a que su predicción es correcta, aseguraba que la tierra se encontraba a las puertas de una glaciación. Curiosamente achacaban su causa a los mismos males que hoy provocan el calentamiento. Según aquella descabellada teoría, en los años venideros los glaciares y los casquetes polares avanzarían inexorablemente enterrando a la corrupta civilización occidental bajo varios metros de hielo purificador. El pronóstico falló pero entonces muchos se la creyeron a pies juntillas.

La historia no era nueva, diez años antes, en la década de los sesenta, los mismos científicos, o sus profesores universitarios, habían profetizado que se estaba incubando una bomba poblacional que acabaría con los recursos del planeta y provocaría una hambruna sin precedentes. La biblia de aquel movimiento neomaltusiano fue un librito de un tal Paul Ehrlich, un majadero que se dedicaba a la cría de mariposas, titulado The Population bomb (La bomba poblacional) que obtuvo un notable éxito editorial. A juicio de Ehrlich “La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado [...] En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas se morirán de hambre”, y no precisamente en África, el entomólogo aseguraba que unos 65 millones de norteamericanos morirían de inanición en la década de los setenta, “la mayoría niños” precisaba con intención de atemorizar a los lectores. En aquella década naturalmente nadie murió de hambre en Estados Unidos cuya población ha aumentado en 100 millones de personas desde la publicación del libro en 1968.

Las profecías apocalípticas de Ehrlich sin embargo cuajaron, y se sumaron a las de los primeros ecologistas, los de la nueva era glacial. Los hippies y los universitarios ociosos las tomaron como propias, y anduvieron lo menos tres lustros incordiando con su verdad revelada a gobiernos, empresas y ciudadanos indefensos a través de la televisión y las pretenciosas revistas científicas. Ehrlich estaba tan convencido de su teoría que llegó a aceptar una apuesta del afamado economista liberal Julian Simon sobre su proyectado encarecimiento de las materias primas. Ehrlich perdió y, aprovechando la derrota, publicó otro libro, The population explosion en 1990 reafirmándose en su tesis del fin de los recursos y el hambre generalizada. Como era de prever no volvió a dar ni una pero siguió teniendo lectores muy apasionados que todavía hoy repiten como papagayos su repertorio de sandeces.

Gran parte de los lectores de Ehrlich y casi todos los que en los setenta se dejaron los dedos escribiendo para demostrar la nueva era glacial que se nos venía encima, son hoy los valedores del calentamiento global. Con semejante currículo es ya difícil confiar en sus predicciones pero, como el tiempo no pasa en balde, los apóstoles del armaggedon se han dotado esta vez de un nuevo prontuario con apariencia más científica y más resultona en los medios audiovisuales. Y es que el calor asusta más que el frío, perecer asfixiado, envuelto en sudor y sufrimientos es de una plasticidad mayor que la aséptica e indolora muerte por congelamiento. De esta manera, los que antaño daban alaridos por la reaparición de los hielos perpetuos, hogaño nos advierten de lo inevitable de un calentamiento general del planeta sino se hace lo que ellos dicen.

El hecho es que la tierra puede perfectamente estar calentándose o estar enfriándose. La tendencia, simplemente, la desconocemos. Si algo han aprendido los climatólogos, desde que esa disciplina se convirtió en ciencia, es que el clima es tan caprichoso como variable, y tan difícil de pronosticar como huidizo al limitado entendimiento humano. Hace mil años, ayer por la tarde en términos geológicos, el clima era más cálido. Hacia el año 1000 de nuestra era los vikingos llegaron a Groenlandia y la llamaron así porque el paisaje era eminentemente de color verde, no en vano Groenlandia en inglés se dice Greenland, Tierra Verde. Hoy la mayor isla del mundo es un casquete polar, un enorme cubito de hielo varado en mitad del Atlántico y prácticamente inhabitable. Por aquel entonces, en el amanecer del segundo milenio, sabemos que la bondad de las temperaturas posibilitó que las áreas de cultivo se extendiesen hasta la misma Escandinavia o que, por ejemplo, la población de Europa creciese notablemente. Los expertos conocen esta época, comprendida entre los siglos X y XIV, como el óptimo climático medieval. Si los climatólogos lo han llamado óptimo será por algo, y es que cuando la temperatura media del planeta sube la vida florece, ha sido así desde que el mundo es mundo y desde que el primer organismo unicelular hizo su debut en el caldo primigenio.

Pero, como ya apunté antes, el clima es cambiante, y al pequeño óptimo de la Edad Media le sucedió lo que se ha denominado como la Pequeña Edad de Hielo que se inició tímidamente en el siglo XV y se extendió hasta bien entrado el XIX. En Londres, por ejemplo, se celebraban ferias sobre el cauce helado del Támesis hasta tiempos de Napoleón, y en Madrid, en la cálida España, existió una pista de patinaje sobre hielo natural en el parque de El Retiro hasta el reinado de Alfonso XII. Si hoy observamos el soberbio río que atraviesa el centro de Londres, o si nos detenemos ante los rosales que hoy ocupan la antigua pista de patinaje de El Retiro concluiremos que el clima se ha calentado, y estaremos en lo cierto. Hace más calor que hace un siglo pero no sabemos porqué. Hace más frío que hace un milenio y tampoco sabemos porqué. La condición humana tiene estas servidumbres.

Algunos astrónomos han apuntado que la causa quizá se encuentre en las manchas solares porque, a fin de cuentas, el único radiador que calienta la tierra es el astro rey y sólo de los rayos que nos regala pueden provenir cambios térmicos de semejante envergadura. Otros buscan los cambios en la oscilación natural del clima. Según esta teoría cada 10.000 años el hemisferio norte se congela para entrar en un letargo de unos 100.000 años. A esto se le conoce como glaciación. Casi toda la orografía de la Europa actual está modelada por los glaciares, y algunas partes del continente han estado durante varios periodos completamente enterradas bajo el hielo. Si la tendencia se mantiene lo lógico es pensar que lo próximo que nos espera es una glaciación porque hace más o menos 10.000 empezaron a retroceder los hielos, es decir, que nos encontramos en el ocaso de un periodo interglaciar.

Ante evidencias de tal magnitud, esto es, clima sumamente variable, glaciaciones brutales y dulces óptimos en los que prospera la vida, los ecologistas apenas pueden ofrecer unos estudios realizados con un ordenador, si, un ordenador como el que tiene usted en casa pero algo más potente. En la matriz de datos de estas computadoras ejecutan unos programas llamados Modelos de Circulación General o MCG a los que suministran una cantidad –siempre limitada- de variables. Las conclusiones son las que ellos quieren. Crean en la memoria de estos ordenadores una atmósfera en miniatura y al antojo del investigador de turno que, por lo general, suele ser ecologista y suele estar concienciadísimo con eso del medio ambiente. Si los resultados no confirman la hipótesis prefabricada del científico, éste seguirá modificando las variables hasta decir eureka y presentarlo como un gran descubrimiento.

Las sucesivas conferencias sobre el cambio climático se han inspirado en los datos extraídos de esos modelos, las decisiones de muchos gobiernos se han tomado partiendo de esos datos, y el célebre y discutido Protocolo de Kioto es la aplicación práctica y a escala global de lo que unos científicos jugando a ser Dios han conseguido sacar a sus máquinas. Tras el presumido consenso de la “Comunidad Científica” viene la campaña de propaganda. Del primero se enteran cuatro, los autores del experimento y dos más aficionados a perder el tiempo con estas cosas. Del segundo, en cambio, nos enteramos todos. No existe organización ecologista que no dé el tostón con lo del calentamiento global. Son además pertinaces e inasequibles al desaliento. Si hace un verano especialmente caluroso es muestra inequívoca de sus teorías. Si llueve más de la cuenta significa que el clima anda como loco y apoya la tesis del calentamiento. Si hace frío, mucho frío, aunque más difícil de defender, también se toma como una evidencia de que algo falla y, naturalmente, de que algo hay que hacer.

Los ecologistas parecen tener en la cabeza una temperatura idónea fuera de la cual todo es sospechoso y antinatural. ¿Cuál es la temperatura ideal de la Tierra?, la actual, la del óptimo climático medieval, tal vez la de la pequeña edad de hielo, o quizá la de la última glaciación que transformó el continente europeo en un inmenso casquete. Ni el más curtido de los auto arrogados defensores del planeta podría contestar a esta pregunta, porque, tras el camelo del calentamiento global, no hay ecología, ni climatología, ni ciencia, ni siquiera sana curiosidad por el devenir térmico del planeta. Detrás del bulo hay ideología, y de la mala. Tras los bastidores del timo de principios de siglo se encuentra un subproducto de la ideología que subyugó a un tercio de la humanidad bajo la hoz y el martillo durante 70 interminables años. El ecologismo es marxismo simplificado, remozado y pasado por la turmix para hacerlo más digerible a las nuevas generaciones. Se vale de lo mismo, de la mentira, de la desinformación y de la propaganda, eso sí, escudándose tras un pretencioso consenso científico que, como dijo un sabio, es siempre el primer refugio de los granujas.

jueves, 20 de agosto de 2009

Ideas desde Lima


Retomo luego de un tiempo mis escritos para Don tiburcio's Blog.
En esta oportunidad es para contarle a aquellos que desconocen, como se vive en Lima (Perú). Algunos detalles sobre la forma de gobierno que tiene esta gran ciudad, la cual estuve visitando pocas semanas atrás en un viaje de turismo.
Lima es una ciudad como Buenos Aires, pero con muchos mas habitantes (aproximadamente 10 millones) lo que la convierte en una enorme metropolis. Pero contrario a Buenos Aires, es una ciudad muy ordenada, limpia, las calles están en bastante buen estado, y salvo por el transporte publico y la inseguridad en algunos distritos (muy pocos), la ciudad está bastante bien.
Perú viene de situaciones muy criticas en la epoca de los 80', situaciones de terrorismo y de inflación galopante, y hoy gracias a las politicas de libre mercado y de fomento del comercio está dando un salto enorme. Teniendo así una moneda fuerte y un desempleo que baja cada día y un nivel de conformidad de la poblacion bastante amplio.
Ahora si volvamos a Lima. Esta ciudad como tantas otras del mundo tiene un sistema muy particular de gobierno.
Está dividida en distritos, un total de 41 distritos. Y cada distrito a su vez tiene su propio alcalde, sus propias reglas, su propia policía, sus propios impuestos, sus propios gastos. Una independencia casi total uno del otro.
¿Que permite esto?, que los distritos compitan entre si, permite que si un distrito funciona bien y está bien mantenido, haga notar las fallas de los demas distritos y así sus habitantes puedan reclamar y/o exigir que mejoren aquellos que deben hacerlo.
Este sistema permite que todo lo que hay que hacer a nivel de infraestructura en una ciudad tan grande y con tantos habitantes, no recaiga en un solo gobernador.
Es muy parecido al sistema administrativo de "division del trabajo" (para quien lo conoce) implementado por Taylor para el mejor funcionamiento de una empresa.
Se trata (en Lima) de dividir el sistema en subsistemas, para que las fallas de un gobierno sean menores, o por lo menos no afecten a toda la poblacion por igual.

No es un sistema perfecto, claro que no lo es. Pero son ideas, ideas creativas para que dentro de lo que un gobierno nos molesta, sea lo menos posible.

sábado, 8 de agosto de 2009

Amsterdam: la libertad tiene su recompensa




Este es un artículo que aún no salió publicado en ningún lado. Hay algunos medios de comunicación para los que suelo escribir que preferí ni envíarles la nota, debido a que es muy polemica. Generalmente, cuando escribo notas que los lectores habituales de una publicación determinada no estarían de acuerdo, me la rechazan. De este modo, nunca vamos a poder avanzar a una sociedad más libre. Todavía tengo la duda si en los dos medios liberales para los que suelo escribir, la van a aceptar. Espero que sí. De lo contrario, estare muy desepcionado con dichos liberales.
La palabra droga asusta, parece un insulto. Eso es lo que quiero cambiar para terminar con las mafias y reducir la delincuencia. Creo que es el primer paso.
¿Este artículo será demasiado fuerte? ¿Estare queriendo hacer un cambio positivo pero demasiado abrupto? Yo creo que no. Pero bueno, me interesaría saber la opinión de ustedes.

Leandro Fleischer

Los últimos días del mes de julio, tuve la oportunidad de viajar a Amsterdam, capital de Holanda. Por supuesto que la idea era conocer la ciudad, pero también tenía mucha curiosidad por ver a la gente consumiendo drogas prohibidas en otros países con absoluta libertad y sin mirar a los costados por temor a que aparezca la policía para llevarlos detenidos por fumar un cigarrillo de marihuana. También estaba interesado en conocer la conocida "zona roja", en donde las prostitutas pueden trabajar libremente sin preocupaciones ni temores de ningún tipo. Resumiendo, quise probar la libertad que falta en la mayoría de los países del mundo.

Lo primero que hice al llegar fue entrar en los conocidos "coffee shops", en los cuales se puede fumar marihuana libremente, pero para fumar tabaco hay un área especial. Al ingresar al sitio, tomé un menú en el que habían varios tipos de marihuana, pero poco entendía del tema, por lo que le pedí un consejo al empleado. Una vez comprada, salí y me senté a fumar afuera, sabiendo que había un patrullero a pocos metros. La sensación de libertad que se siente al poder consumir lo que yo quiero sin necesidad de esconderme o estresarme, es inexplicable.

Fumar marihuana ya se había hecho rutina en mi viaje, así como suelo fumar tabaco en Israel, país donde resido. No lo hacía a escondidas. De hecho, pasaban familias con niños pequeños, parejas de ancianos, etc. Es más, he visto a una madre ayudando a su hijo de unos 16 años a encender un cigarrillo de marihuana.

En Israel, tengo varios amigos holandeses, quienes me habían dicho antes de viajar que los hongos alucinógenos estaban prohibidos. Sin embargo, sí se podían comprar otro tipo de hongos que tenían un efecto parecido. Decidí probarlos, después de escuchar atentamente la explicación del vendedor, quien me comentó cuál era el modo correcto de consumirlos.

Respetando al pie de la letra lo dicho por aquel hombre, comí dichos hongos de tan desagradable sabor y me fui con unos amigos a un parque. No voy a contar con detalle cuáles fueron mis experiencias, pues no es la idea del artículo. Sólo me limitaré a hacerle saber al lector que estaba un poco más feliz de lo habitual y veía imágenes extrañas cuando cerraba los ojos. Pero lo importante es saber que era de día y varias personas pasaban por allí. Sin embargo, nadie nos hizo sentir incómodos en ningún momento ni se quejó porque estabamos bajo el efecto de esta droga a plena luz del día.

Al contrario de lo que debe pensar la mayoría de las personas que nunca estuvieron en Amsterdam, la gran mayoría de los clientes de los coffee shops, no son holandeses, sino turistas. El sabor de lo prohibido genera mucho turismo en Amsterdam, pero para los locales es algo tan común que fuman menos marihuana que cuando estaba penalizado.

El hecho de que la marihuana u otras drogas estén legalizadas, no significa que todos los holandeses estén todo el día consumiéndolas, como tampoco sucede que todos los ciudadanos de otros países estén siempre borrachos, a pesar de que el alcohol no esté penalizado.

El holandés trabaja, estudia, cuida de su familia, etc y, quizás, se prende un cigarrillo de marihuana a la noche ¿Cuál es el problema? El país es rico, desarrollado y seguro. Pocos meses atrás, mi hermano me envió un artículo en el que se informaba que en Holanda se cerraban ocho cárceles por falta de prisioneros.

Y claro, la legalización de la droga deriva en que no haya mafias que la comercialicen, que baje la delincuencia porque al estar permitida el precio se reduce y que toda sustancia que se vende esté controlada, para que el comprador pueda estar tranquilo de estar pagando por lo que quiere consumir y sin aditivos extremadamente dañinos para la salud que no deberían estar allí.

Al ver lo avanzada y segura que era la ciudad, le comenté a mis amigos que esto debería hacerse también en la Argentina, país donde ellos residen y yo lo hice hasta el año 2006. Sin embargo, me sorprendí con las reacciones que tuvieron, pues me afirmaron que "la sociedad argentina no está preparada para ello". O sea, de esto se entiende que los países tercermundistas nunca podrán mejorar porque las sociedades no están preparadas. Por lo tanto, es inútil intentar. Con esta mentalidad, nunca países como la Argentina podrán salir de la pésima situación socio-económica que viven actualmente.

¿No será que cuando el Estado se mete en nuestras vidas, la gente se frustra y se generan todo tipo de problemas y odios? ¿Cómo se quiere luchar contra las mafias si les seguimos dando facilidades prohibiendo las drogas? ¿Y si dejamos que la gente decida qué hacer con su vida, con su cuerpo, con sus propiedades, etc? Quizás podamos avanzar y llegar a ser un país como Holanda. Ya vemos que los autoritarismos fracasan. No perdemos nada probando otorgándole libertad a la gente ¿No?

Debemos cambiar la mentalidad. Hay que dejar de ver al que consume cualquier tipo de estupefaciente como una persona mala o despreciable. Incluso si es adicto. Es más, al adicto habrá que ayudarlo, no darle la espalda. La prohibición no genera que la gente deje de consumir, sino que por el contrario, deriva en que se consuma más, a mayor precio y de pésima calidad, al tiempo que produce un aumento en el narcotráfico y en la delincuencia, por lo que muere demasiada gente en vano a causa de disparos y cuchillazos de personas que no necesariamente están drogadas.

Debemos entender que el que mata es un asesino y el que roba es un ladrón. El consumo de drogas nada tiene que ver. Ni mis amigos ni yo hemos asesinado, robado, violado ni golpeado a nadie. Quizás nos hemos reído un poco más. Debemos descreer de todos los mitos acerca del consumo de drogas creados por distintos gobiernos para defender sus inútiles guerras contra el narcotráfico. Si realmente se quiere luchar contra las mafias, la despenalización es la única manera de derrotarlas. Todos preferimos comprar algo de forma legal, de mejor calidad y más barato que en el mercado negro, de pésima calidad y más caro.

Nadie puede decirnos qué hacer con nuestros cuerpos. ¿Quién se cree que tiene derecho a obligarme a cuidar mi vida como a él se le ocurre? Entonces deberíamos prohibir la venta de cigarrillos porque nos dañan los pulmones o de alcohol porque nos daña el hígado o de cuchillos porque podemos clavarnos en el corazón o, quizás, deberíamos controlar el consumo de hamburguesas para cuidar el colesterol y evitar ataques cardíacos, etc.

Como dijera un miembro del recién creado "Partido Liberal" argentino en una entrevista que le realicé: "El estado no está para promover determinados modelos de vida, porque en realidad no existe un modo objetivo de determinar cuál es mejor para cada quien".

Algunos me podrán juzgar por este artículo. Seguramente no faltará aquel que diga que esto es una apologia para el consumo de drogas o cosas por el estilo. Pues no crean que la gente es tan tonta señores. Si para ustedes no es apología, ¿por qué para otro sí? ¿Acaso ustedes creen ser más inteligentes que los demás? Pues sería un poco arrogante de su parte. No creo que haya gente que se suicide porque otro lo hace o que camine sobre brasas ardiendo porque otro lo hace.

Se sabe que las drogas prohibidas son dañinas para la salud como lo son las permitidas o como lo es comer en exceso sin hacer deporte. Cada uno es dueño de su vida, de su cuerpo, de su dinero, etc y tiene derecho a usarlo como quiera siempre y cuando no dañe al prójimo.

Yo puedo emborracharme, pero no manejar borracho como puedo fumar marihuana, pero no manejar bajo los efectos de ese estupefaciente, porque ya estaría poniendo en riesgo la integridad física de terceros.

Pueden juzgarme, pueden pensar que soy un drogadicto, un apologista de la droga, un sinverguenza, una mala persona, etc. Yo sólo puedo decirles que soy una persona libre que quiere libertad para todos. Y se sorprenderían si supieran la cantidad de intelectuales, excelentes profesionales, ejemplares padres de familia y personas decentes que consumen drogas o ¿acaso se creen que sólo un tipo de persona lo hace?

Repito, hay que cambiar la mentalidad. Debemos dejar de creer que lo que el Estado dice es una verdad absoluta, porque los gobiernos van cambiando y las leyes también y, con ello, la mentalidad de la sociedad. Debemos entender que podemos pensar por nosotros mismos sin esperar a que, como en Holanda, el Estado nos haga saber que consumir drogas no está mal ni bien. Eso es algo de lo que tendremos que darnos cuenta sólos.

Todos nacimos en cautiverio. Algunos en uno muy estricto, como en los países donde gobiernan dictadores socialistas o islámicos y otros menos estrictos (democracias pero con mucho estatismo). Debemos salir de esa jaula y confiar en nosotros mismos, pensar por nosotros mismos, decidir por nosotros mismos, pero nunca nos olvidemos, sin dañar al prójimo.